“Le he dicho a mi madre que estoy bien, pero mentí”


EL PAÍS
12 Septiembre, 2015
Óscar Gutiérrez Idomeni (Frontera greco-macedonia)
Muchos refugiados no tienen claro a qué país dirigirse ni familiar alguno de avanzadilla

Moaed ha mentido. Quizá el tono le ha delatado. Y a una madre no se le puede mentir. “Me ha dicho que le estoy mintiendo, que no estoy siendo bueno”, dice este joven sirio de 26 años. Sus ojos no han perdido el tono rojizo de un llanto contenido a duras penas. No saltaron por poco las lágrimas de Moaed mientras hablaba con su madre por teléfono, aupado en un vagón-cisterna abandonado en la estación de Idomeni, al norte de Grecia. Ella sigue en Damasco, la capital siria; también el padre –“un hombre fuerte, del que no hay que preocuparse”, dice— y sus cuatro hermanos. Moaed le dijo a su madre que come y bebe bien, que se dirige a Macedonia, que todo marcha. Pero no siempre es así. ¿Hasta dónde? “Aún no lo sé, tengo tiempo para pensarlo hasta que llegue a Hungría”, dice con una sonrisa apacible. Le quedan tres fronteras.
1442069307_302295_1442083918_sumario_normalEl sirio Moaed, en Idomeni, desde donde espera cruzar a Macedonia. / BERNARDO PÉREZ
Moaed no es el unico que no tiene claro cuál será su país de acogida. Muchos refugiados no tienen familiar alguno que haya llegado de avanzadilla. Los hay también que viven aun embriagados por la satisfacción de verse en Europa. Era una meta, la primera. Según las noticias que vayan recibiendo durante la travesía, según lo que les depare el viaje, decidirán dónde parar.
Diez minutos antes de que Moaed llamara a su madre, el autobús que tomó por la mañana en Atenas llegaba a la pequeña localidad de Idomeni, la última que ven los refugiados que transitan por el país heleno hacia Macedonia. El goteo no para. Llega un autobús, se detiene en el arcén de la entrada del pueblo, junto al camino que lleva a la estación, y descarga. Agentes de la policía griega ordenan con cierta rutina a los recién llegados en grupos de unas 50 personas y los llevan en tandas hasta el andén. Caminan en formación, dejan a su izquierda el depósito de agua, una casita abandonada, quizá la vieja estación, y bajan para agruparse entre los raíles. Son las órdenes. Y las cumplen. Llegarán al paso fronterizo en 300 metros.
Moaed, licenciado en Económicas, no sabe hacia dónde se dirige en su periplo por Europa. No se decide entre Suecia o Alemania, la eterna disyuntiva del exilio sirio. Pero sí que barrunta un deseo: ir a España. “Soy del Real Madrid hasta los huesos, desde pequeñito”, relata con orgullo. Ha tenido camisetas del Madrid; es su equipo, una pasión que le ilumina cuando habla hasta apretar el gesto. Y si el interlocutor comparte colores, el camino está hecho.
Entre charla y charla aparece el resto de su pelotón, el de los compañeros de viaje que salieron de Damasco. Nouar, de 24 años, abandonó ya empezada la guerra el servicio militar, que hacía en Hasaka –“antes de que llegará el Estado Islámico”, apostillan varios con una risotada–. “Quería estudiar”, explica. Desea llegar a Suecia. El Estado Islámico (EI) salta a la palestra. Muchos huyeron de sus garras y luego abandonaron el país. “Nosotros somos de Raqa”, dicen dos hermanos veinteañeros al tiempo que caminan en un grupo algo desarbolado hacia la frontera macedonia. Dicen esto con una mueca cómplice, a sabiendas de que Raqa suena a la cuna del EI en el norte sirio. Amables, rechazan ponerse ante la cámara. Se estremecen al recordar que su familia sigue allí. Y si alguien les viera en un vídeo malmetiendo contra los yihadistas… Siguen caminando hacia el norte.
Los grupos que coordina la policía griega son cada vez más grandes. La noche va cayendo y hay que acelerar antes de que la tormenta que amenaza desde el oeste rompa sobre Idomeni. El camino hasta Macedonia a lo largo de las vías es corto, pero empedrado, molesto para los más pequeños. Poco antes del paso hacia Gevgelija, la primera ciudad macedonia que se encontrarán los refugiados, organizaciones extranjeras reparten comida, bebidas y golosinas para los niños. Entre las ONG, una sueca, SWE, que llegó la pasada noche tras cuatro días en la carretera. “¡Fuera de las vías!”, grita un policía griego. El grito sigue en cadena y en varios idiomas hacia los más rezagados. Por los bocinazos, parece que un tren de mercancías está cerca. Un joven, con cara y mirada de adolescente, se aparta deprisa aguantando una cesta con un bebé de semanas en su interior.
Pasa el tren y sigue el periplo. A otros 50 metros, las autoridades macedonias meterán en trenes a los refugiados que vayan llegando. De ahí y sin parar, se toparán con Serbia.

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