¿Conseguirá Europa despertarse?


Todos tienen una cosa en común: la inquietud por las oportunidades que van a tener sus hijos

La Razón (Edición Impresa) / Timothy Garton Ash
Opinión / 01 de junio de 2014

El día en que el pueblo asaltó la Bastilla, en 1789, el rey Luis XVI escribió rien (nada) en su diario. No creo que los dirigentes europeos escribieran “nada” el domingo en sus tabletas, pero sí temo que no hagan nada frente al grito revolucionario que se ha oído en todo el continente. El rien actual tiene un rostro y se llama Juncker, Jean-Claude Juncker. Si los líderes europeos designan a Juncker (el candidato del PPE, el grupo de centro-derecha que más escaños ha obtenido en el Parlamento Europeo) como presidente de la Comisión Europea, estarán mostrando una reacción desastrosa, ofreciendo más de lo mismo. El astuto luxemburgués es el político que durante más tiempo ha ocupado la jefatura de gobierno de un Estado de la UE, y presidió el Eurogrupo durante los peores momentos de la crisis. Aunque nadie duda de su habilidad como político y negociador, encarna todo aquello de lo que desconfían los votantes que, desde la izquierda y la derecha, han querido protestar contra las élites europeas. Es, por así decir, el Luis XVI de la Unión Europea.
También es preocupante lo que puede suceder dentro del Parlamento Europeo. Es más que probable que se cree una especie de gran coalición implícita de los grandes grupos actuales, el centro-derecha, el centro-izquierda, los liberales y (al menos para ciertos temas) los verdes, con el propósito de mantener a raya a todos los partidos antisistema. Si hay otros partidos nacionalistas y xenófobos dispuestos a aceptar el liderazgo de la triunfadora Marine le Pen y su Frente Nacional y a obviar sus diferencias para formar un grupo reconocido en el Parlamento, eso les permitirá tener acceso a subvenciones (con dinero de los contribuyentes europeos) y más poder en los procedimientos parlamentarios, pero no los votos suficientes para superar a esa posible gran coalición de centro.
Menos mal, ¿no? Sí, a corto plazo. Pero solo si esa gran coalición impulsa una serie de reformas decisivas en la Unión Europea. Para empezar, por su valor simbólico, debería negarse a seguir haciendo su absurdo traslado periódico de la espaciosa sede de Bruselas a la lujosa segunda sede en Estrasburgo (el Versalles de la UE), que cuesta alrededor de $us 245 millones al año. Si la gran coalición informal no ofrece en los próximos cinco años las respuestas que tantos europeos están pidiendo, solo servirá para reforzar los votos contra la UE en los próximos comicios. Porque la responsabilidad del fracaso se achacará a todos los partidos tradicionales.
El único aspecto positivo de esta negra nube que se cierne sobre el continente es que, por primera vez desde que comenzaron las elecciones directas al PE, en 1979, parece que la participación general no ha disminuido. La afluencia a las urnas varía enormemente entre unos países y otros. En Eslovaquia fue de alrededor del 13%, pero en Francia, por ejemplo, fueron a votar muchos más ciudadanos que en la última ocasión. Por fin se ha hecho realidad lo que los europeístas llevan tanto tiempo predicando: los ciudadanos europeos han participado activamente en un proceso democrático de toda la UE. Lo irónico es que lo han hecho para votar contra la UE.
Qué es lo que han querido decir los europeos a sus dirigentes? El mensaje general lo ha resumido muy bien el dibujante Chappatte en The International New York Times, con una viñeta en la que un grupo de manifestantes sostiene una pancarta que dice “descontentos”, mientras uno de ellos grita hacia una urna a través de un megáfono. Hay 28 estados miembros, y 28 variedades de descontentos. Algunos de los partidos que han triunfado son de auténtica extrema derecha: el húngaro Jobbik, por ejemplo, que ha obtenido tres escaños y más del 14% de los votos. Otros, la mayoría, como el UKIP en Gran Bretaña, han recibido votos de la izquierda y la derecha, por haber sabido explotar los sentimientos expresados en eslóganes como “Queremos que nos devuelvan nuestro país” y “Demasiados extranjeros para tan pocos puestos de trabajo”. Sin embargo, en Grecia, el voto de protesta ha ido a parar a Syriza, un partido de izquierda y contrario a las medidas de austeridad.
Simon Hicks, destacado experto en el Parlamento Europeo, distingue tres grandes zonas de descontento: los europeos del norte que no pertenecen al euro (británicos y daneses), los europeos del norte que sí pertenecen al euro (como los alemanes que han dado varios escaños a Alternativa por Alemania, que se opone a la moneda única) y los europeos del sur pertenecientes al euro (griegos y portugueses, sobre todo). Aparte están los europeos del Este, muchos de los cuales con sus propios motivos de insatisfacción. El hecho de que los descontentos tengan procedencias tan variadas hace que sea más difícil abordar el problema. La política que el votante de Syriza desearía implantar en la eurozona representa la peor pesadilla imaginable para el votante de Alternativa por Alemania.
No obstante, todos tienen una cosa en común: la inquietud por las oportunidades que van a tener sus hijos. Hasta hace diez años aproximadamente, lo normal era pensar que la siguiente generación de europeos tendría una vida mejor. Europa era un elemento perteneciente a una historia general de progreso. Sin embargo, según un eurobarómetro de este mismo año, más de la mitad de los entrevistados piensa que los que hoy son niños en la UE tendrán una vida “más difícil” que la suya. Ya existe una generación de graduados europeos que sienten que se les ha robado ese futuro mejor que les habían enseñado a esperar. Son los miembros de una nueva clase: el precariado.
En este momento tan trascendental para el proyecto europeo, merece la pena volver a los orígenes, al Congreso de Europa de 1948, en el que el veterano paneuropeísta Richard Coudenhove-Kalergi advirtió a sus colegas fundadores: “No olvidemos nunca, amigos míos, que la Unión Europea es un medio, y no un fin”. Y así sigue siendo hoy. La Unión Europea no es un fin. Es un medio para lograr que sus ciudadanos tengan unas vidas mejores, más prósperas, libres y seguras.
Lo que necesitamos ahora es centrarnos por completo en eso. Basta ya de interminables debates institucionales. Basta de “más Europa o menos Europa”: ¿más qué, menos qué? Por ejemplo, más mercado único de energía, telecomunicaciones, internet y servicios, pero quizá menos Bruselas en pesca y cultura. Hay que tomar cualquier medida que cree un puesto de trabajo para un desempleado. Hay que eliminar cualquier burocracia que lleve a una persona al paro. No es el momento de poner a políticos como Juncker. Necesitamos una Comisión Europea formada por la gente de más talento y de probada capacidad, personas como Pascal Lamy o Christine Lagarde, que dediquen todos sus esfuerzos a convencer a las legiones de descontentos de que sus hijos pueden tener un futuro mejor y de que ese futuro está en Europa. Eso es lo que debería ocurrir. ¿Pero ocurrirá? Tengo la terrible e íntima sensación de que, en el futuro, tal vez, los historiadores escribirán sobre las elecciones de mayo de 2014: “Fue la señal de alarma que Europa no oyó”.

Es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tap

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