El éxito del acullicu en la Convención


Editorial

Página Siete Opinión – 13/01/2013

Bolivia acaba de lograr una importante victoria diplomática. En junio de 2011, el Gobierno denunció la Convención Antidrogas de 1961 y seis meses después pidió su readmisión con una reserva (excepción) para que el país esté eximido de cumplir el artículo de dicho convenio que le obligaba a prohibir el acullicu en el territorio boliviano. El jueves pasado concluyó el plazo para que los 183 países miembros den su criterio al respecto, pero sólo 15 rechazaron la posición boliviana; se requería el veto de un tercio de naciones (62) para evitar que Bolivia lograra su objetivo.

Y aunque el efecto práctico de esa norma era nulo, porque en Bolivia millones de personas consumen libremente la hoja de coca, era incorrecto que existiera un artículo como el mencionado. La coca es consumida desde hace milenios por los pueblos que habitan los Andes centrales, y una visión europeocentrista, cerrada y limitada, no tenía ningún derecho de sancionar algo sólo porque no comprendía su significado.

La decisión de la Convención no cambia nada en el terreno de la realidad. Los bolivianos seguirán acullicando o tomando infusiones de coca como lo han hecho siempre. Pero sí existe un efecto simbólico importante, la idea de que algo que practican los bolivianos, especialmente sus pueblos indígenas, debe ser normalizado.

La campaña desarrollada por el canciller David Choquehuanca, en ese sentido, ha sido exitosa y correcta. Con perfil bajo e inteligencia siguió unos pasos concretos y efectivos que terminaron con el resultado conocido. Por la forma de la votación, en la que se necesitaba, como se dice más arriba, un tercio de los votos en contra, no dos tercios a favor, el resultado fue más fácil de obtener.

Página Siete cree que las regulaciones y las prohibiciones son negativas. Por eso incluso plantea la despenalización de las drogas. La despenalización de la coca, en ese sentido, es un aspecto mucho más básico. Uruguay ya ha legalizado la marihuana, que sí se puede considerar una droga, aunque sea blanda, comparada con unas hojas de coca que no llegan a serlo en su estado natural. Varios países de Europa y estados de EEUU también han legalizado esa planta, tanto para uso recreacional como para fines médicos. Es, entonces, una gran hipocresía internacional seguir manteniendo el consumo de la hoja de coca como ilegal.

En el plano nacional, debemos congratularnos de este resultado e intentar un paso más allá: que el consumo tradicional de la coca se despenalice por lo menos en los países sudamericanos en los que está presente. Luego podría ambicionarse, aunque ello es más difícil, una despenalización de la coca a nivel mundial.

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