¿POR QUÉ PERDEMOS EN TODO?


Razón tiene el señor Fernando Molina. La mitad del país acullica desde hace miles de años y por eso abunda la falta de cerebros sanos. Los mayas, mexicas, mapuches, guaraníes y varios otros históricamente no acullicaron, y se nota. 

Jorge O.

 FERNANDO MOLINA[/B] ( se desconoce al autor de esta nota, por tanto wH no se hace responsable de su contenido)

 ¿Por qué perdemos catastróficamente en todas las competencias, sean  éstas económicas, deportivas o intelectuales, como acaba de ocurrir por  enésima vez en la Copa América?

Porque no creemos en las instituciones.

Esta nuestra filosofía anti-institucional es buena para andar por casa,  pero se revela dramáticamente estúpida cuando se prueba en un lance  internacional cualquiera. Lo comprobamos, lo sufrimos y, sin embargo,  nunca aprendemos. ¿Por qué? Porque no se trata de una elección racional,  que se haya tomado en virtud de un cálculo de costos y beneficios, sino  de una creencia firmemente afincada en la profundidad de las emociones  colectivas: es una fe.

¿Por qué perdemos, entonces? Porque profesamos la fe equivocada.  Nuestros “dioses” son los hombres providenciales, las medidas  revolucionarias, las leyes constituyentes; y en cambio la construcción  institucional, el trabajo duro y constante, el estudio serio, nos  importan exactamente un pito.

Póngase el lector a pensar ¿qué hemos hecho por las instituciones del  deporte, la ciencia o el progreso técnico en los últimos diez años de  revolución, guerras del agua y del gas, referendos, autonomías, empates  catastróficos, constituciones, amor y odio hacia Chile, etcétera? ¿Qué  hemos hecho por diversificar la economía (excepto inventar el concepto  de “economía plural”, genial aporte a la humanidad)? ¿Qué hemos hecho  para mejorar la educación (además de aprobar una ley, claro)?

¿En qué hemos avanzado en cualquier terreno de competencia  internacional; en qué estamos hoy en mejores condiciones que los países  sudamericanos, nuestros vecinos? ¿En qué hemos usado nuestro tiempo, por  Dios?

Díganme una sola cosa y me callo. O, mejor, díganme qué premio podríamos  obtener con dirigentes que se pelean por izar la bandera en alguna de  nuestras numerosas y amadas fiestas conmemorativas. O con dirigentes que  se la pasan de inauguración en desfile, y de piedra fundamental en  entrega de diplomas, y de avión en barco, y de tren en bus, sin que  nunca se sepa cuándo es que se ocupan de cuidar las instituciones que  tienen a su cargo.

Porque las instituciones son como las plantas. Requieren de celo, cariño  y constancia. No surgen de la noche a la mañana. Se marchitan en un  tris tras. No aguantan cambios abruptos, sacudidas extremas, caprichosos  métodos de jardinería, como los que a los bolivianos nos encantan.

Y digo “encantan” con toda premeditación. Porque se trata de un hechizo,  justamente. Los bolivianos estamos hipnotizados y hasta catatónicos por  los abanderados y su disputa de mástiles, por los inauguradores de  carreteras, por los doctorcitos altoperuanos y sus aportaciones a la  teoría política mundial. A falta de pan, ellos nos dan circo. Y son  bienvenidos, porque nos permiten eludir nuestra responsabilidad por el  hecho indudable de que no ganamos en nada, casi nunca, en ninguna parte.

Pero no son ninguna solución. Por ejemplo, no pueden decirnos cómo  evitar que nuestros trabajadores más creativos migren lejos, porque  lejos les va mejor; o que nuestros enfermos adinerados se vayan a curar a  Chile o Estados Unidos, porque los médicos bolivianos no pueden  compararse con los de afuera, o que’

Los fantásticos conceptos en que somos prolíficos (hoy como ayer), los  hallazgos sociológicos que los diplomáticos extranjeros aplauden al  mismo tiempo que reprimen un bostezo, no “funcionan” en la vida real,  implacable pista de carreras en la cual ganan aquellos que logran la  excelencia. Y no hay forma de lograr la excelencia con lata simbólica,  conceptos novedosos o bellos discursos.

Una ley no va a lograr que nuestros chicos lean mejor que los niños (pobres) de los países vecinos.

Una Constitución no hará que los niños indígenas que viven a lado de las  carreteras dejen de pedir limosna de rodillas ante los carros que  pasan.

Si usted quiere, lector, puede echarle la culpa a la economía. La  pobreza tiene que ver, claro; la debilidad demográfica también; pero hay  países tan pobres como el nuestro y con menos habitantes, como  Paraguay, que en cambio no pierden siempre e incluso logran destacarse  en esto o aquello.

Si usted quiere, lector, puede echarle la culpa al neoliberalismo, que  nos desposeyó. O al nacionalismo, que cortó la inversión. O al  indigenismo, que puso personas sin título universitario a cargo de las  reparticiones estatales. Todo es vano. Otros países han tenido  neoliberalismo, nacionalismo e inclusión social, pero con instituciones.  En cambio nosotros hacemos todo sin ellas.

La verdadera causa, entonces, no es de índole económica ni reside en el  modelo político. Está en la mente de todos y cada uno. Y allí es donde  tenemos que vencerla, si queremos algún día dejar de ser unos  perdedores.

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